De viaje por Italia

Hoy os traigo la crónica de mi último viaje a Italia para descubrir a los clásicos de la literatura

…y la chica del sombrero rojo atravesó las puertas del minúsculo aeropuerto de Pisa, y comprobó, contra todos sus pronósticos, que sus amigos pudieron salir de Roma. Allí estaban ellos, sonrientes, apuntando entre la multitud con una cámara de fotos…

En este último mes me han sucedido tantísimas cosas que si tuviera que escribirlas podría dar un viaje de ida y vuelta a la luna, con tiempo para visitar todos sus cráteres. No hablaré de los conciertos, a los que les dedicaré otro post en cuanto disponga de tiempo y material, ni tampoco hablaré de otros proyectos y otras decisiones de las que tarde o temprano tendréis noticias. Así que para este post voy a enroscarme la bufanda blanca, a fruncir el ceño y a gritar como una posesa… “¡He venido aquí a hablar de mi viajeee!”…

Italia

Cómo nos sorprende la vida, ¿verdad? Y es que a las 3 de la mañana del sábado 22 de marzo, tras el primer concierto de la temporada en la Opera Berlioz de Montpellier, terminaba de preparar la maleta para un viaje que me llevaría a Girona, Pisa, Florencia, Siena y San Gimignano, Roma, Madrid, Granada, vuelta a Madrid, Marsella y Montpellier… 9 ciudades en 7 días dan para mucho… Las emociones fuertes son siempre un aliciente para el insomnio; por eso, a las 6 de la mañana ya iba en el tranvía camino a la estación… El viaje en tren fue directo a la frontera… Cerbère (Francia) y Portbou (España) están separados por una línea fronteriza imaginaria de 3 km, y que geográficamente equivalen a una montañita llena de matorrales y una carretera con más curvas que el circuito de Montmeló…

Llegué a Cerbère dos horas antes de que saliera mi tren desde Portbou hasta Girona… Pero al ver los horarios de salida de trenes, tuve que frotarme los ojos… ¿Dentro de 5 horas? ¿Tengo que esperar 5 horas para atravesar 3 km?… Sí… Así están de mal las conexiones ferroviarias entre estos dos pueblos limítrofes… Tampoco había autobuses… Y me miré los pies… Hice mis cálculos… A ver… 3km + 2 horas = tener que cruzar la montaña como las cabras… Y habría sido capaz, claro que sí, si no fuera porque el oficinista de la SNCF (algo así como la renfe francesa) me advirtió… “Puedes ir en taxi, a los dos ingleses que acaban de salir les ocurre lo mismo, su tren también sale dentro de 2 horas desde Portbou…”

– “Excuse meeee!!”

Y yo que no hablo inglés desde la facultad, me quedé completamente bloqueada durante unos segundos y lo único que me salió fue poner cara de gato de Shrek, quitándome hasta el sombrero… J Pero poco a poco me vino el poco inglés que no he olvidado y acabé haciendo de intérprete para Ethan y John, dos granjeros que trabajaban con un Macintosh microscópico y que lamentaban haber hecho un viaje hasta Perpignan sólo para comer en un restaurante de lujo cuyo menú no había estado a la altura de las excelentes recomendaciones culinarias… El mundo me pareció muy injusto, y no me importó que lo supieran y así les dije: que en muchos lugares un mendrugo de pan duro es un lujo para el que no existen los aviones… Compartimos taxi y me invitaron a dos cafés. Me hablaron de sus familias, de sus proyectos agrarios en EEUU y Arabia… Recibo una llamada de teléfono…Es Bloody… “Que nos hemos perdido en Roma! No hay manera de salir de aquí! PIIIIP!! Y encima Benno que no para de darle al claxon…PIIIIP!! ¿por dónde andas? PIIIP!!” Y mientras le contaba mi pequeña odisea, Ethan y John cargaban con mi maleta mientras subíamos al tren. Compartimos una tableta de kit kat y cuando el revisor anunciaba la llegada a la estación de trenes de Girona, me despedí de ellos deseándoles buena suerte. Y allí, un gran diluvio y un frío de espanto…

Los aeropuertos tienen una magia indescriptible… Siempre me han parecido el mayor cúmulo de azares posible… Por diversas circunstancias, sea por trabajo o un viaje de placer, miles y miles de personas se cruzan por entre los pasillos y los largos recibidores de los aeropuertos, cada cual armado de una tarjeta de embarque que les llevará, en cuestión de horas, al otro extremo del mundo… Y el azar ha querido que todas esas personas coincidan en un espacio tan concentrado de historias y sentimientos como una minúscula cadena de ADN. Por eso, cuando estoy en un aeropuerto no me importa esperar, porque cada viajero es una historia.

Pero esperar cuando hay retraso por culpa de la mala gestión de un vuelo o porque el clima no acompaña puede llegar a ser desesperante, sobre todo si se piensa en los que esperan al otro lado de las puertas de llegada… Mi vuelo llevaba un retraso de hora y media, por lo menos. Llevaba un trozo de pastel de chocolate y jengibre que preparé el día anterior para mis sobrinos, pero que me salió demasiado torrefacto… (culpa del horno..ejem, ejem…) Y a esperar… Anuncian la hora de embarque, me acomodo en mi asiento junto a la ventana, me pesan los ojos… El brusco movimiento del carro de aterrizaje fue como una sacudida que me despertó cuando apenas recordaba el momento del despegue… Un viaje en avión en un abrir y cerrar de ojos…

Y allí estaban, sonrientes… Entre la multitud de rostros volví a reconocerles, apuntándome con una cámara de fotos en cuyo disparo se interpuso una columna… Ya estaba yo con losbombones en Pisa, dispuestos a recorrer la toscana en nuestra flamante macchina azul turquesa, soltando más pitidos que un coche que va de parto… Y del aeropuerto al hotel (un caserón restaurado de paredes blancas y techos altos, vestido de muebles antiguos y con lejanas vistas al famoso monumento…) y del hotel a recorrer las calles del casco viejo en busca de un restaurante donde cenar… Mamma mia qué hambre…

Y fue ahí donde Pisa nos pareció una ciudad fantasma… Sus calles prácticamente desiertas, el viento helado que golpeaba siguiendo el curso del río Arno, el ocre desconchado de las fachadas, el hundimiento precoz de los edificios y la desolación de un tiempo viejo desplomándose entre las piedras… No sin mucho caminar llegamos por casualidad a un restaurante familiar escondido en un rincón del casco antiguo… Quesos con rúcula y deliciosas pizzas acompañadas por un vino de la casa, suave, demasiado joven quizás. Riquísimo todo… Hablamos del viaje, de los lugares que queríamos visitar… y los tres estuvimos de acuerdo en una cosa: la improvisación. Al terminar de cenar nos fuimos a un bar-cafetería-heladería-pizzería-discoteca donde toda la música que sonaba era en español… Allí estaba concentrada el 80% de la población juvenil de Pisa… Y como dentro apenas podíamos hablar, pues nos salimos a la terraza, a helarnos con nuestros respectivos gin tonic, bailays y mojito… Pero cuando ya el frío había calado bien los huesos y el cansancio nos arrebató lo poco de humanidad que nos quedaba, nos fuimos a dormir… Ay… Este no es un país para viejos… (que conste que no lo digo por mí.. J)jejejejejejejeje…

¿Y cómo ir a Pisa y no visitar la torre inclinada con la ristra de puestecillos rebosantes de pinochos y de las mayores tonterías inimaginables inventadas para ese género medio humano llamado turista-compro-lo-que-sea-con-tal-de-olvidarme-de-hacer-los-putos-regalos? Allá que fuimos… y nos recorrimos los puestos, claro que sí, jejeje Y yo me compré unas pilas para mi cámara-más-mala-que-un-dolor… a ver si creíais que me iba a volver yo con una torre de pisa rosa con purpurina…

Quisimos montarnos en la torre, pero al vernos llegar después de la cena del día anterior nos dijeron que mejor que no, fuéramos a derribarla al subir hasta lo más alto, o lo que es peor, enderezarla, con lo que se les habría acabado el cuento… 🙂 Que no… No necesitamos subir… Las vistas eran preciosas desde abajo… Mucha gente, y demasiada amenaza de lluvia que al rato desató un escándalo de agua. Nos refugiamos en un bar en cuya terracita había unas preciosas flores rojas que no pasaron desapercibidas para nuestra Bloody… Seguía lloviendo y mientras caminábamos descubrimos el jardín botánico de la ciudad gracias a unas hermosísimas cañas de bambú que sobresalían tras un muro de piedra… Comimos en otro restaurante, tomamos un sabroso capuchino y de regreso al coche volvimos a pasar por el pasaje cubierto frente al río en donde la noche anterior habían expuesto una colección de librerías de viejo… Volvimos al hotel por las maletas… Y al dejar la ciudad atrás, Pisa seguía siendo una ciudad fantasma, como si todas sus placas e insignias apuntalaran una memoria en ruinas, a punto de desplomarse en el olvido. Pisa no existe… Sus restos son sólo el espejismo de una ciudad vieja que duerme inclinada, en perpetua caída, como su torre más universal.

Buscamos la salida en dirección a Florencia, cuna de la Rinascenza cultural, ciudad de los Médicis y los célebres artistas y literatos que acudían a la llamada de su mecenazgo…Y allá que fuimos en nuestra flamante macchina azul…

Pero llegados a este punto… os lo tengo que confesar… Que yo sé que queréis cotilleos, así que voy a aprovechar mis 15 minutos de gloria… Es cierto… A la Bloody le pierden las flores…y es tan flojilla que cuando mastica un chicle utiliza la técnica del barbecho para usar sólo media mandíbula… Y Benno… puff… lo de Benno sí que es grave… Me llegó a confesar que a veces le ocurre como al Ralph de los Simpson, que ve un enano verde que le pide que baile música de los ‘70 al ritmo de “oh yeahh”… Que sí, que sí… El mismo enano verde me lo confirmó después… jajaja

Bueno… menuda paciencia que tenéis para leer todas nuestras aventuras… Pero lo cierto es que nos ha ocurrido un poco de todo. Y es que nunca antes hubo en Italia una entrada más triunfal como la que nosotros hicimos al entrar en Florencia… Bueno… Miento… Sí que la hubo…

En el año 46 a.C, Julio César quiso recompensar a sus soldados y ganarse el favor de sus conciudadanos romanos organizando una entrada triunfal en Roma con fiestas interminables, lujosos desfiles y espectáculos de fieras, teatros, gladiadores, banquetes multitudinarios…Y todo ello para conmemorar sus victorias en Egipto, la Galia y el Norte de África… Una entrada triunfal en Roma que sería recordada por los siglos de los siglos…

Nuestra entrada en Florencia no era para menos… Y es que, teniendo nuestra flamantemacchina azul un lector de CDs… y sabiendo la Bloody los efectos secundarios que puede provocar el soniquete de un determinado grupo musical en dos personas que han padecido semejante trauma de acudir (por sorpresa, a traición y sin escapatoria en mi caso…) a uno de sus conciertos, y siendo tan joía y puñetera… Yo creo que si Julio César levantara la cabeza chillaría como una niña para taparse los oídos… Pues sí, señoras y señores… Entramos en Florencia con las ventanillas bajadas y con KAMELA a toopeeee…. Bien kalorros… eeaa….!! “Mi corazóoon..!!” No recuerdo bien si mis movimientos de cabeza eran espasmos o ataques epilépticos o es que estaba ya en posición fetal, echando espuma por la boca y viendo mi vida pasar a cámara rápida delante de mis ojos… Sólo sé que no fue la única vez… aay… Qué viaje… Y todavía queda la carrera de cuadrigas al más puro estilo Ben Hur, la visita al pub más chic de la ciudad, nuestro encuentro en la tercera fase con Gloria Fuertes, nuestra intrépida huida de una pizzería… Puff… ¿Dónde estaba? Ah, sí… ¿Vais a perdéroslo…? Pues eso, que si queréis saber qué más nos ocurrió, acompañadnos… El viaje sólo acaba de empezar…

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